Literatura

POR CARLA FABIANA LOPEZ: LA RAYUELA QUE HAY EN MÍ

Tengo esa nostalgia bobalicona de haber finalizado con la lectura de un texto; se lacera el espíritu al hacerse consciente de que hasta en ese plano dimensional de las páginas donde conversamos con los libros, inclusive allí existe un momento en el cual se tropieza con un final, con ese punto definitivo, donde la integridad de la obra se muere, porque también en el mundo de las ideas llega un día en que todo se termina.
Esta mañana leí dos veces el último capítulo de Rayuela y aunque parezca raro, siento que aún sigo siendo testigo de esa vorágine en la que se envuelve el universo de la Maga y Oliveira, es como si se hubiera dado inicio al estado de ebullición de Rayuela dentro mío, es que me ha enseñado tanto acerca de la vida, de cómo nos dejamos llevar continuamente por las emociones; de la maravilla de los encuentros y de lo angustioso de los desencuentros; sobre la amistad, el amor y la locura, sobre la música, la pintura, y el arte todo que son cable a tierra cuando uno no sabe dónde está parado… Ahora, es que creo entender a lo que se refieren algunos al hablar de la magia de la literatura, ya que, ciertamente, engloba todas esas ideas que se ven encerradas en unas cuantas palabras sueltas, encadenadas entre sílabas rotas, que se dejan pronunciar como si nada.
El mundo de la Rayuela no dista del nuestro en lo absoluto. Un amor que se nos queda pegado en los huesos y que más de una vez nos parte el alma; amistades que acompañan nuestra locura; trivialidades por millones que acrecientan el vacío de la existencia; poesía dormida en la habitación de un psiquiátrico; dolor por no poder abrazar a esa persona con la que la vida parecía tener algún valioso sentido; lo inaprensible de los miedos que nos provocan delirios y nos hacen decir frases entrecortadas y maldecir la divina existencia; susurros en la oscuridad que nunca sabremos de dónde han venido, pero que igualmente nos hablan, nos rodean con sus voces, el pasado que siempre quiere estar presente, el estertor del flagelo que crece porque hay heridas que siempre estarán abiertas.

“Esta obra me comunicó con determinadas escenas que, salvando la diferencia
de la ubicación geográfica, también yo las he vivido.”

Jugar a la rayuela es encontrarse frente al espejo de la vida misma, dependiendo en qué cuadro se pose la piedra arrojada, vamos esquivando los demás casilleros con la inocencia de un niño y cada salto dado nos posiciona en una nueva casilla y una mezcla demencial y esperanzadora nos hace querer vivir en un tiempo sin memoria -utopía de unos cuantos sonsos- grupo al que no sin angustia pertenezco.
En mi experiencia, esta obra me comunicó con determinadas escenas que, salvando la diferencia de la ubicación geográfica, también yo las he vivido. Presiones económicas, pérdidas de seres queridos, amistades que se han roto para siempre, y un presente alienado, proveniente del barro de la culpa porque no ha sabido cómo sepultar todo aquello en el abismo del olvido.

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En un comienzo mi conciencia me inclinaba a sentir identificación con la Maga, una mujer que ha vivido a los ponchazos, a la que el resto de los personajes observa como un ser inferior por su preciosa dificultad de no lograr comprensión alguna cuando de ideas abstractas se trata. La Maga que fue violada en reiteradas ocasiones y a eso deberíamos sumar que más de una vez, por compasión. se entregó a los brazos de un miserable hombre víctima de ese sentimiento lastimero, ilusa, con la esperanza de que unas caricias bien dadas durante el sexo puedan salvar a un ser humano con apenas más de la mitad del cuerpo hundido en el fango. Una serie de malas decisiones han asesinado a la Maga y ese amor confundido con lo enfermo que nos tira de las patas y consume todo lo que esté a su paso, como un agujero negro.

“Creo entender a lo que se refieren algunos al hablar de la magia de la literatura,
ya que, ciertamente, engloba todas esas ideas que se ven encerradas
en unas cuantas palabras sueltas”

Oliveira, ha tenido sus momentos de gratitud, aunque el existencialismo no le haya permitido siquiera  tomar unos mates tranquilo. Un buen amigo es lo que mejor supo ser durante la narración intercalada, un conocedor del infinito, un trovador de las nimiedades ocultas, un inquisidor del lenguaje, un amante tosco aunque considerado, al modo en que puede concebir al amor un porteño afrancesado. Un adicto a la nostalgia que envuelve en aromas y canciones. Un acérrimo lector con una sensibilidad suprema para interpretar cualquier obra de arte. Un poeta mezcla de lo surreal y lo maldito.

 

Por: Carla Fabiana López


 

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